dimarts 19 de maig de 2009

13. Els companys de Mèxic.




Rodrigo Castañeda

“Estamos rodeados” pensé en el momento que abría el correo electrónico y descubría con total asombro que Laura Borràs, quien había sido la directora del máster que estaba estudiando, había sido despedida de la UOC.

El correo no decía nada más. No decía por qué. No decía cómo. No decía nada. La sensación de estar en medio de una emboscada se había pegado a mí, aún cuando no se daba más información sobre lo ocurrido.

Por supuesto que en ese momento la cabeza, desenfrenada como es, comenzó a crear mil y un hipótesis; sin embargo la más lógica, la más real y la que hasta el momento no ha sido desmentida por aquellos que tuvieron más de una oportunidad de hacerlo, ganaba en peso a todas las demás; Laura Borràs había sido despedida a causa de una guerra sucia, por políticas chapuceras y políticos —no en el sentido gubernamental, sino en el sentido de aquellos que entienden y explotan la política interna de una empresa a su beneficio— aún más chapuceros.

La indignación fue casi inmediata. Aún en otro país, en otro continente, la certeza de que algo turbio pasaba con el despido de Laura llegaba hasta mí con olor a podredumbre, tal vez por eso cuando Carles, nuestro tutor, explicó a mis compañeros de clase y a mí que el despido de Laura había sido injustificado, que aún las mismas autoridades de la universidad lo reconocían, que se le había despedido porque supuestamente había dejado de lado sus responsabilidades como directora del máster —que quisiera que se me explicara cómo pueden decir eso de una persona que resuelve dudas, dirige discusiones y hace comentarios desde las seis de la mañana hasta las tres de la mañana del día siguiente; a lo mejor lo que querían era que estuviera pegada al ordenador las 24 horas— y quién sabe cuántas tonterías más, estuve de acuerdo en que los materiales, que ella había reunido y armado, se quitaran del sitio, pues por lo menos pensaba que se respetarían sus derechos de autor. Lo anterior causó el despido de Carles.

Las cartas de protesta no se hicieron esperar. De inmediato todos los que habíamos participado en el máster expresamos nuestro descontento, pues tomamos, y con toda razón, como agresión personal el que no se tuviera por lo menos la decencia de esperar a que terminara el curso, sino que se despedía a nuestra directora una semana antes de los exámenes finales. Eso era ya mucho morro, aunque las fuerzas del mal demostrarían tener aún más.

Bits y bits, toneladas de bits en correos electrónicos donde exigíamos que se nos explicara el por qué del despido de Laura Borràs de esa manera, atentando, además de en contra de la integridad profesional de Laura, contra nuestros derechos como estudiantes, pues ¿ahora quién se haría cargo del máster?, y más importante aún ¿quién nos iba a calificar?

Entonces un correo. Discreto, casi secreto, donde un señor Joan Pujolar Cos, a quién no tenía el gusto de conocer y que nunca se presentó conmigo, informaba que la situación se resolvería pronto. Quise pensar que para bien, pero el tono de Pujolar y el siguiente correo, en el que nos podía asegurar que, “en adelante, el director de la oferta de postgrado en estudios literarios en la era digital será el Dr. Jaume Subirana, de los mismos Estudios de Lenguas y Culturas de la UOC”, me hicieron ver las cosas de otra manera, más negativa digamos.

Si no sabía quién era Joan Pujolar Cos, mucho menos quién era el tal Jaume Subirana, ni cuáles eran las credenciales con las que se acreditaba como experto en el área de la literatura electrónica o digital.

Tengo que hacer un paréntesis en esta parte para explicar que mi situación económica no es excelente, es decir, la decisión de hacer este máster, en especial a través del Internet, no fue fácil. La verdad es que cuesta lo mismo que un máster presencial, con la diferencia de que aquí no puedes conocer a los maestros cara a cara. Esto lo traigo a colación porque antes de comenzar a estudiar en la UOC me informé de quién dirigía el máster, vi su currículum y su trayectoria, y fue el reconocimiento de la doctora Laura Borràs en el mundo de la literatura digital —una simple búsqueda en Google arrojará resultados más que suficientes— lo que me dio la tranquilidad para inscribirme en dicha institución, a pesar de que estaba en otro continente.

Pero el tal Subirana ¿qué? No es que dude de él, pero Google lo mismo me arroja tres blogs, que a un pescador o un director de banco. Tampoco tuvo la gentileza de mandar un correo con su currículum ni nada. Así, de la noche a la mañana, de una manera que, disculpando lo conspiracionista, no daba ninguna tranquilidad, el máster de textualidades electrónicas de la UOC tenía un nuevo director.

El beneficio de la duda se le otorga a cualquiera y el de Subirana terminó en el momento en que nos comunicó, a través de otro correo electrónico, que las evaluaciones se realizarían, que todos los tutores estaban de su lado y que estaba muy afectado, al igual que nosotros, con la situación; sin embargo, no era cierto que los tutores estuvieran de su lado, pues nosotros seguíamos en contacto con ellos. Habíamos solicitado que no se evaluara hasta que se nos ofreciera una solución real a lo ocurrido, así que la noticia de que las evaluaciones se realizarían, como se dice en mi país, “a huevo” (a la fuerza), no me cayó nada en gracia.

Escribimos más cartas de protesta y tengo que señalar que nunca había realizado una protesta “virtual”, pero sentí durante esos días, al igual que todavía lo siento, al grupo más unido que antes.

Los oídos de la UOC seguían sordos.

Un mes de correspondencia después Jaume Subirana respondió que las evaluaciones se realizarian con la misma rigurosidad con que las habría realizado Laura Borràs, y que si no se había comentado nada sobre su despido era porque la misma Laura había solicitado la confidencialidad del asunto. Mentira, Laura nos señaló porque le habían despedido y también nos aseguró que nunca había solicitado ninguna clase de confidencialidad.

¿Cómo se crea una relación director-alumno cuando no hay confianza? Cada correo que llegaba levantaba más sospechas pues estaba lleno de verdades a medias, dobles discursos y mentiras descaradas. Ante esta política del “no escucho”, “me invento mi realidad” y “hago las cosas porque se me inflama la gónada izquierda”, me quedaba muy claro, y todavía me queda, que Subirana no es el mejor candidato para ser director.

Diez días después llegó mi calificación: B. ¿En base a qué criterios? Quién sabe, pero parece ser que mi trabajo no era suficientemente bueno para Subirana y su panel de tutores fantasmas —porque nunca nos pudo decir bien a bien quiénes nos iban a calificar. Más quejas, más llamados al diálogo, más silencio por parte de la institución y más levantada de hombros por parte del nuevo “director” siguieron a la entrega de calificaciones.

Total, que nada se ha resuelto. He perdido un periodo y el máster que se supone debería de terminar en febrero del próximo año no sé si vaya a poder terminarlo. ¿Podré volver a confiar en la institución? No lo sé, me queda claro que después de lo ocurrido el “director” del máster no tiene mi confianza, lo que en realidad se me hace triste pues no es la forma en la que debe de llevarse una relación académica, vamos que uno debería de poder confiar en sus maestros.

Qué vaya a suceder, tampoco lo sé. Lo que sí sé es esta sensación que me ha quedado y que perdurará si regreso a terminar mi máster a la UOC, esa presión en el pecho, ese sinsabor que me indica que, muy a mi pesar y al pesar de mis compañeros, estamos rodeados.

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